Por una vida auténtica

Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

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Navidad… Una palabra que me produce sentimientos encontrados. Recuerdo la Navidad de mi infancia, que era un torrente de emociones continuadas, positivas, por supuesto: las vacaciones en el cole; el ambiente que se respiraba en las calles, que yo, en mi inocencia infantil, percibía con una sensación permanente de ilusión, de que sólo podían pasar cosas buenas; la decoración navideña… Me encantaba preparar el belén, nos pasábamos horas buscando los materiales necesarios para crearlo y colocando figuritas; quedaba precioso. Hace muchos años que no lo monto. Supongo que en algún momento de la adolescencia dejé de verle la gracia… Y, la verdad, reconozco que tengo una espinita clavada por no haber seguido la tradición con mi hijo. A él le encantaría… Bueno, aún es pequeño, así que estoy a tiempo.

Recuerdo aquellos días tan fríos y mirar al cielo con la esperanza de que se nublara y empezara a nevar. En Barcelona era muy raro, y cuando caía alguna nevada que llegaba a cuajar, para los niños (y no tan niños) se convertía en el acontecimiento del año. A mí me sigue maravillando.

Me encantaban las reuniones familiares, aquellas largas jornadas de fiesta y juegos con mis primos, el turrón y los polvorones… Mis favoritos eran los roscos de vino y aquellos grandes, envueltos en papel blanco, que había que apretar bien antes de comerlos. Los compro cada año, pero, no sé si es cosa del recuerdo, no saben igual. En cuanto al turrón, lo acumulo en un armario de la cocina y cada cierto tiempo tengo que tirar tabletas sin estrenar, caducadas.

La lotería. Ya hace tiempo que no compro más que alguna participación por aquello del «y si toca», pero recuerdo lo emocionada que seguía el sorteo en directo, en la tele en blanco y negro, con el alma en vilo, segura de que caería algún premio millonario con el que mis padres nos comprarían, a mi hermana y a mí, bonitos vestidos, la bici que tanto se resistían los Reyes a traerme, y podríamos irnos de vacaciones en avión.

Los Reyes… Desde que soy madre he recuperado la ilusión por ese día que todos los niños esperan con impaciencia. Detesto el consumismo y el chantaje emocional al que la sociedad somete a los pequeños con la amenaza continua de que si no se portan bien los Reyes no les traerán nada, pero cuando veo cómo brillan los ojos de mi hijo mientras les escribe la carta y cómo disfruta con la cabalgata, sólo puedo sumarme a la fiesta. De hecho, estos últimos años esos han sido los únicos momentos en que he sentido que la emoción no se había extinguido por completo de mi vida.

Sí, la Navidad junto al gilipollas con el que desperdicié tantos años se transformó en una época tan gris como el resto del año. Las reuniones familiares, todas dignas de olvidar, igual que nuestra relación. Raúl fue lo único bueno que salió de ahí. Y menos mal… Menos mal que tengo a mi hijo, porque es él quien hace posible que haya empezado a recuperar el tiempo perdido.

Me pregunto el porqué de esa transformación colectiva que hacemos en Navidad. Por qué compartimos mesa, no una, sino varias veces en pocos días, con gente a la que no soportamos, con la que evitamos el contacto durante el resto del año. Por qué ese derroche de buenos deseos, cuando resulta que el resto del año no somos capaces ni de dar los buenos días. Por qué tanta alegría, tanta fraternidad, tanta solidaridad… tanta fachada que en la mayoría de los casos no es más que el recubrimiento de edificios vacíos o en ruinas.

El capullo con el que me casé brindaba conmigo y me besaba después de que nos comiéramos las uvas, cada Nochevieja. Me miraba a los ojos, sonriente, y me decía «te quiero». Y yo era tan mojigata que me lo creía. Hasta que no se largó no me di cuenta de la gran farsa en la que había estado metida. Bueno, no me quise dar cuenta hasta entonces. Y ahora me parece increíble que aquella tonta fuera yo. ¿Por qué lo aguanté tanto tiempo? ¿Por qué me empeñaba en seguir atrapada en una vida tan gris, en la que estaba totalmente anulada?

Nos conformamos con tan poco… Once meses de existencia insípida, de ir tirando, sin sueños, sin riesgos, sin inquietudes, sin atrevernos a ser la persona que nos gustaría ser, que merecemos ser, y un par de semanas, entre la playa en verano y las fiestas de Navidad, de falsa alegría. A eso se reduce la vida de tantísima gente.

Yo ahora no me lo explico. No podría volver a eso. Me merezco una vida plena, emocionante, en la que reír y llorar, en la que convivan la ilusión y el dolor, en la que lo que suceda sea consecuencia de mis decisiones. En definitiva, una vida auténtica.

Y la Navidad la pasaré con quien me apetezca, si me apetece. Con mi hijo, por supuesto. Y brindaré sólo con quien lo merezca, y puede que comparta bonitos mensajes en Facebook o en mi blog, pero será porque quiero hacerlo. Y nunca más, lo prometo, me traicionaré a mí misma. Nadie debería hacerlo. La autenticidad duele al principio, sobre todo si has estado inmersa en el letargo de una vida insípida, pero una vez la pruebas, no quieres renunciar a ella.

Lo mínimo que deberíamos esperar del mundo en el que vivimos es que se nos permitiera soñar con llevar a cabo nuestros sueños. Y sí, ya sé que soy un personaje literario, pero es un pensamiento perfectamente aplicable a las personas de carne y hueso.

¡Feliz Navidad!

Inconformismo

Mafalda inconformista

Me gustan las personas que no se conforman. Que pese a las circunstancias, por muy chungas que sean, se defienden con uñas y dientes, y no se detienen por muchos dientes y uñas (se) les rompan.

No es fácil. No lo es.

El inconformismo está muy penalizado, sobre todo cuando la inconformista es una persona de las de abajo, de las anónimas que no pasan de ser un número más en las estadísticas. Porque el camino lo va a tener que recorrer en solitario, sin recibir la complicidad ni las palmaditas en la espalda de nadie.

Pero aún más difícil que ponerte en marcha es darte cuenta de que no te conformas y tomar la decisión de que vas a luchar para cambiar las cosas.

A mí fue lo que más me costó. Y hasta que no me di cuenta de que el suelo se había abierto bajo mis pies y que me encontraba en plena caída libre hacia los infiernos, no reaccioné.

Ahora miro hacia atrás y me cuesta horrores reconocerme en aquella mujer. Me produce lástima, pero también me cabrea. ¿Cómo podía ser tan pánfila? ¿Por qué aguanté tanto? ¿Qué sentido tenía aquella vida en la que mi personalidad estaba anulada por completo?

Era como si me hubiera encerrado en una caja aislada del entorno, donde no había intercambio posible de ideas ni de sensaciones. Y cuando la caja se abrió y me encontré abandonada en un mundo con el que llevaba tanto tiempo sin interactuar, me sentí superada, más desamparada e impotente que nunca.

En esas circunstancias la tentación de caer en la autocompasión es muy grande; lo verdaderamente difícil es asumir la situación. Pero lo hice. Supongo que una chispa de la mujer guerrera y vital que soy se mantenía latente muy en el fondo, y no se sabe cómo, consiguió prender.

Benjamín cuenta mi historia en esa estupenda novela que es Con la vida a cuestas. Para mi gusto debería haberme dedicado más atención, pero ya he dicho que me gusta la gente que no se conforma, y resulta que en el libro tenía que compartir espacio con varios ejemplos admirables de inconformismo.

He pensado largamente sobre el tema, y he llegado a la conclusión de que el inconformismo puede ser una actitud ante la vida, que tiene que ver con la forma de ser y con la ideología, pero que también se puede llegar a él a través del instinto de supervivencia.

¿Cómo si no se puede entender el terrible viaje vital que lleva a cabo Edurne, esa anciana enigmática y sabia, “la bruja”, que un día en el que cualquiera habría deseado morir se encuentra con que a partir de entonces sólo conocerá el rechazo en su existencia? O Irina. ¿De dónde saca las fuerzas para imponerse a ese destino de pesadilla con el que había quedado marcada desde su nacimiento? También el viaje de Alberto hay que entenderlo a partir del instinto de supervivencia, porque no imagino un drama peor que la pérdida de un hijo. ¿De dónde saca uno la energía para seguir adelante?

Luego está el caso de Rosa. Debo reconocer que la envidio. Ojalá yo hubiera sido capaz de mantenerme siempre tan fiel a mi forma de ser. No es fácil ser coherente ni consecuente. Sin embargo, ésa es la mejor garantía de conservar la dignidad intacta. Esa dignidad que nos mantiene la cabeza siempre alta.

La verdad es que cuando pienso en ello me doy cuenta de que hasta que no empecé a exorcizar mis penas, mis iras y mis odios; hasta que no desnudé mi alma públicamente, a través de este espacio virtual, no empecé a descubrir a la verdadera Lorena, la que mi cobardía se había empeñado en anular.

Rosa es inconformista por naturaleza. Ella le marca el camino a la vida, y no al revés. Y ésa, ahora lo sé, es sin duda la mejor manera de vivir.

Nunca es tarde para dejar de conformarnos.

Más que un recuerdo

Obra de Fran Recacha

Cuadro de Fran Recacha que ilustra la cubierta de ‘Con la vida a cuestas’.

El primer día del año es un buen momento para volver a aparecer por aquí. Hace demasiado tiempo que no escribo en este paseo por la vida, así que seguramente habíais creído que lo había abandonado. Pero no. Llevaba tiempo pensando en regresar, pero como soy un personaje literario dependo de mi creador para teclear, y resulta que él está bastante ocupado con proyectos diversos que no le dejan tiempo para dedicar a esta humilde luchadora.

Benjamín ya está en pleno proceso de escritura de su siguiente novela, y, como me temía, una vez que su cerebro se ha llenado de nuevas tramas y personajes, nosotros, los que lo acompañamos durante tantos meses, hemos quedado relegados a un rincón de la memoria.

Sin embargo, yo no me resigno a convertirme en un simple recuerdo, y aquí me tenéis, empujándole a rescatarme, a darme voz de nuevo.

Los personajes de Con la vida a cuestas somos demasiado jóvenes aún como para que nos olviden. Tenemos muchas cosas que explicar y nos encantaría que hubiera mucha gente interesada en conocer nuestra historia. Os voy a revelar un secreto: sueño con convertirme en uno de esos personajes inmortales, como los de esas novelas que por muchos años que pasen, el tiempo no pasa para ellas.

Lo sé. Sé que es un sueño muy fantasioso, pero qué gracia tendría la vida si no la llenáramos de fantasía, de sueños por cumplir, de retos que afrontar.

Si habéis seguido algo de mi trayectoria, o si habéis leído mi historia, ya sabéis que la resignación la desterré hace tiempo de mi vida. Un 1 de enero es un buen día para abandonar lo que nos impide crecer como personas, para mirar hacia delante con optimismo o, al menos, con la resolución de no permitir que nadie dirija nuestra vida.

Es curioso que el personaje de un libro pueda plantearse algo así, ¿verdad? Entenderéis entonces lo curioso que resulta para mí que tantas personas de carne y hueso hayan renunciado a vivir, que se dejen llevar y anden inmersas en un bucle de realidad gris que les impide levantar la vista y plantearse que lo más importante que existe son ellas mismas.

Pero bueno, no quiero que penséis que soy otra gurú con recetas mágicas, ni que me cojáis manía como a esas frases sentenciosas ilustradas con bonitas fotos de paisajes y seres requetefelices. Nada más lejos de mi pretensión que parecerme a Paulo Coelho.

Sólo quería pasarme por aquí a saludar y a comunicaros que mi propósito para el nuevo año es aparecer más a menudo. Intentaré convencer a algunos de los otros personajes para que también lo hagan.

¡Feliz 2016!

Recuerdos que trascienden la ficción

Nájera

Monasterio de Santa María la Real, en Nájera.   Foto: Mónica Esteban

Viajar para huir. Eso hice yo. Huir de una realidad tan aplastante que me impedía respirar, que me hacía desear estar muerto. Como mi hijo… Pero no quiero volver a pensar en ello. A veces creo haberlo superado, pero otras muchas la tentación de dejarme llevar por el recuerdo es demasiado poderosa. La verdad es que esa mochila la cargaré siempre conmigo.

Yo no elegí mi vida. ¿Qué personaje literario lo hace? Las personas de carne y hueso tenéis la oportunidad de decidir. Sí, ya sé que las circunstancias a menudo son incontrolables, que el peso de la realidad puede ser tan asfixiante que te impida escapar, pero aun así, podéis decidir. Yo no. Yo me encontré con un accidente, debiendo superar la pérdida de Eloy y de María, mi compañera, mi apoyo constante, sin saber por qué. El escritor lo decidió todo por mí y me plantó ahí, vacío de esperanza y con un dolor inmenso que lo ocupaba todo.

Y entonces me hizo viajar. Bueno, no sé si toda la responsabilidad fue suya. Quiero creer que algo tuve que ver, que la sensación que me transmitió aquella canción en la radio, que aquel “click” que sentí y me empujó a coger un mapa fueron cosa mía.

Ese viaje a través de paisajes y de la memoria de tantas personas… personajes que encontré, me hizo cambiar. Acumulo nuevos recuerdos que me hacen sentir vivo, que han desplazado tanto dolor…, pero sigo siendo un personaje literario, ¿no es así? ¿Y acaso puede un personaje literario trascender la ficción, huir también de la mente de su creador?

A veces, cuando me siento lleno de energía, cuando me invade la certeza de que esas páginas de una novela en verdad son el relato de una historia real, estoy seguro de que sí. Y aunque jamás consiga un cuerpo físico que me otorgue la categoría de persona real, nadie me podrá negar que habré trascendido la mente de mi creador cuando alguien pase las páginas del libro que cuenta mi historia.

Río Najerilla

El río Najerilla, a su paso por Nájera.   Foto: Mónica Esteban

Por ejemplo, en la mente de Mónica e Iñaki, autores de las fotos que ilustran este texto, soy otro. No sé quién, pero seguro que alguien diferente, puede que incluso muy diferente del Alberto que surgió de la mente de Benjamín, el autor de Con la vida a cuestas.

Y esas fotos me traen recuerdos de sabor agridulce. Fue en ese puente sobre el río Najerilla donde mi viaje empezó de verdad. Desde allí divisé a aquella misteriosa anciana rodeada de gatos que acabaría haciendo saltar en pedazos mi mundo emocional, obligándome a recomponer las piezas. No os cuento más, quizás prefiráis descubrir mi historia vosotros mismos.

Con la vida a cuestas, seleccionado por Amazon para la promoción #AutopublicaConKindle:

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Con la vida a cuestas

'Con la vida a cuestas' - Benjamín Recacha García

Las ilustraciones y el diseño de la cubierta son obra de Fran Recacha.

Hola, soy Lorena. A estas alturas ya debéis saber que soy un personaje literario, la coprotagonista de Con la vida a cuestas, la segunda novela de Benjamín Recacha García. También debéis haber deducido que estoy bastante ansiosa por que conozcáis mi historia y la de Alberto, el protagonista de verdad de la historia, aunque, si habéis leído los posts anteriores, os habréis dado cuenta de que él preferiría mantenerse en el anonimato. Es comprensible. Lo ha pasado muy mal. Yo también, pero no es ni mucho menos comparable. Qué suerte que nuestros caminos se cruzaran en la blogosfera.

Llevo semanas nerviosa ante la perspectiva de que conozcáis en detalle lo que os hemos ido avanzando desde principio de año. Creo que os gustará. Benjamín se ha empeñado en que esta novela sea muy especial y nos ha dicho que va a necesitar de toda nuestra ayuda, la de los personajes que, él es consciente de ello, ya hemos escapado a su control. No se está mal entre las páginas de un libro, pero, francamente, es un espacio un poco limitado. Total, que parece ser que el muchacho que cree habernos creado nos va a dar libertad para que expliquemos en este rincón lo que nos apetezca. Que se prepare. Nos ha llegado a prometer que incluso vais a poder escucharnos… Suena muy divertido, pero no tengo muy claro aún cómo pretende hacerlo. Como nos pongamos a hablar todos a la vez esto va a ser un gallinero.

Bueno, no avancemos acontecimientos, que me estoy embalando y hoy en teoría sólo me pasaba por aquí para presentaros la cubierta del libro, que ha quedado genial. Estoy especialmente satisfecha por cómo salgo en la imagen de la portada. Sí, la morenaza soy yo. Este Fran Recacha es un mago con el pincel en la mano.

Ah, por si queréis leer el texto de la contraportada sin forzar la vista más de la cuenta, aquí lo tenéis. Ay, qué poquito falta. Qué nervios…

La vida golpea sin avisar, cruel, despiadada. Alberto, un hombre feliz, pierde a su hijo en un accidente, y su pareja, incapaz de reiniciar juntos el camino, se marcha. Tras meses de dolor sordo y de dejarse llevar sin rumbo, decide darse una última oportunidad emprendiendo un viaje. Una aventura desesperanzada que lo llevará a cruzarse con otras personas que, como él, cargan con la vida a cuestas, y que, sin pretenderlo, irán dando forma a un Alberto diferente, capaz de descubrir nuevos retos vitales.

Paralelamente, Lorena, una mujer resentida con su pasado y con la vida en general, descubrirá a través de la blogosfera el aliciente necesario para recuperar la autoestima. Su experiencia servirá de inspiración a otras almas en pena, incluida la de ese viajante anónimo que carga con una mochila tan pesada…

Dolor, incomprensión, nostalgia, pero sobre todo, amor por la vida, amistad y empatía son los ingredientes que se mezclan para conformar un lienzo repleto de matices.

“He aprendido a convivir con el dolor y la incomprensión hacia un destino cruel y muy injusto. Quizás he superado lo peor, pero ello no significa que vuelva a ser el que era. No creo que nunca lo sea. Tengo que aprender a ser una persona diferente, que siempre va a ir cargando con una mochila muy pesada”.

Hay salida

Lirios

“Que mi propia experiencia pueda ser ejemplo para otras personas que lo están pasando mal me motiva a seguir escribiendo, a explicaros que, por difícil que resulte de creer, sí hay salida. Siempre la hay”.

El texto no es mío. Lo escribió Lorena hace unos días. La foto de Louise que pone cara a sus palabras, siempre motivadoras, es toda una declaración de intenciones, aunque me atrevo a decir que ella jamás saltaría desde un acantilado. Seguramente ese era el mejor final posible para la peli (siento chafárselo a quien no la haya visto), pero, como dice ella, “siempre hay salida”.

Estaréis de acuerdo conmigo en que es una persona ejemplar. He aprendido de sus textos, y sus comentarios me han ayudado a superar momentos de duda, que los he tenido (muchos) en los últimos meses.

“Hay salida”, dice Lorena. Cuando escribí el primer post, justo antes de iniciar este viaje en busca de la mía, habría leído algo así con una mueca de escepticismo. Pero ahora le tengo que dar la razón.

El pasado no se olvida, viaja en una mochila que puede ser muy pesada y destrozarnos la espalda, pero la vida avanza y quién sabe en qué esquina podemos encontrar a quien nos ayude a cargarla. Yo he encontrado a ese alguien. Jamás imaginé que algo así fuera posible, que volvieran a sorprenderme y a motivarme como lo hace ella.

Enamorarse cuando uno no sabe nada de la vida más que lo que le transmiten los sentidos es fácil, pero cuando la vida te ha destrozado sin piedad lo normal es darse por vencido y pensar que el corazón no se regenera.

Es otra clase de amor, eso sí, quizás del que no esperas más que vivirlo al día. No sé si mi corazón se recuperaría de un nuevo golpe, pero ahora no pienso en ello. Lo que tengo es un regalo inesperado que me ha enseñado a descubrir que hay vida después de la no vida.

Hay salida. La verdad, no sé si siempre. Puede que haya para quien la salida sea el darse por vencido. No seré yo quien lo critique. Al contrario, lo comprendo porque yo mismo he avistado esa salida en mi viaje a alguna parte.

Que iba a alguna parte lo supe no hace mucho. Al inicio del camino sólo sabía que viajaba. Ni mucho menos estaba descartado el salto desde el acantilado…

Gracias, Lorena, por ofrecerme la mano para mantenerme en pie y ayudarme a trazar mi camino.

Carta a mi pasado

mar

Hola, María.

Anoche pensé en ti. Lo hago de vez en cuando, pero esta vez te colaste en mis pensamientos sin pedir permiso. Te echo de menos. Sería mentirme a mí mismo no reconocerlo. Echo de menos tu risa, tu pelo revuelto, tu aroma, tus besos. Echo de menos nuestras discusiones, tus enfados, tus reproches, las reconciliaciones en torno a una tableta de chocolate negro.

Te echo tanto de menos que me duele pensar en ti y, sobre todo, me duele la forma como te fuiste. Entonces no fui consciente de cuánto me dolía, pero ahora sí. Ahora que noto que empiezo a ser una persona viva otra vez, que he dejado de ser un zombi, es cuando más siento el dolor por lo que pasó y cuando menos comprendo que me dejaras de la forma como lo hiciste.

Te tengo que pedir un favor. El último. Necesito que te vayas definitivamente. No puedo seguir adelante si tu recuerdo doloroso me visita a cada momento. Quiero avanzar, dejar atrás el pasado y ser capaz de construir nuevos recuerdos.

Ayer fue un día genial, el mejor desde que desperté en medio de la peor pesadilla que uno podría temer. Ayer me sentí vivo de nuevo, pero los recuerdos, tu recuerdo, me impidieron disfrutarlo.

Sé que es un camino largo, que nunca volveré a ser la persona que era, pero ayer tuve sensaciones que creía imposible recuperar y me sentí bien. Sentí que merezco esta segunda oportunidad, pero para aprovecharla necesito que tu recuerdo no sea más que eso, un recuerdo. Te pido que no me acoses, que no me impidas vivir… No sabes cuánto me duele escribirlo…

Ahora controlo las riendas de mi vida

Autora: Alicia Heredia

Fantástica foto de Alicia Heredia.

Por fin he vuelto. Me tenéis que disculpar por haber estado desaparecida tantos días, pero es que últimamente me han pasado muchas cosas y he necesitado un poco de tiempo para asimilar los cambios.

La tercera impresión fue buena. Nunca pensé que pudiera congeniar con alguien tan diferente a mí.

Os tengo que hacer una confesión. El encuentro inesperado que tuve en Tenerife fue con el tipo que provocó que me echaran del trabajo en el aeropuerto. Es difícil de creer, pero prometo que es cierto.

Está tan forrado como sospechaba y es un cabrón, pero no tanto como creía. Tiene salvación.

Hablamos mucho, la noche que escribí el post anterior y los días siguientes. Se disculpó y me ofreció la posibilidad de incluirme en algún proceso de selección de las muchas empresas donde tiene contactos.

¿Sabéis qué? He estado toda la vida puteada, incluso cuando no era consciente de ello. Nunca he tenido enchufe en ningún sitio y se me ha quedado la misma cara de tonta que a la mayoría de los que leéis esto cuando he visto cómo un empleo que parecía hecho a mi medida se lo daban al enchufado de turno. He tenido que trabajar por cuatro duros, un montón de horas todos los días, para salir adelante. No os estoy contando nada que no sepáis por experiencia propia. Vivimos en un país de mierda donde el mérito que más se valora es tener buenos contactos.

Pues bien, yo por fin tengo uno buenísimo. Un pastoso forrado hasta las cejas, que nunca entenderé por qué ha entrado en mi vida, pero que, desde luego, me la está cambiando.

Hace tres días me hicieron una entrevista para un puesto administrativo en las oficinas de Barcelona de una importante empresa tecnológica. Mi “enchufe” me aseguró que lo único que iba a hacer por mí era conseguir que me incluyeran en el proceso de selección, así que que me contratasen o no dependería de mis aptitudes. No sé si intercedió o no, si la entrevista y la prueba práctica (muy completita, por cierto) fueron un paripé, pero me da igual. Lo importante es que por fin tengo un empleo digno, con un sueldo digno, unas condiciones laborales dignas, vacaciones y los fines de semana libres para disfrutar de mi hijo y hacer lo que nos dé la gana.

Al final resulta que aquel incidente en el aeropuerto fue una de las mejores cosas que han pasado en la vida. Ya no necesito ni quiero trabajar doce horas diarias, no necesito tres miniempleos para pagar las facturas. Voy a poder ir a buscar a mi hijo al cole y llevarlo al parque todas las tardes.

Cuando echo la vista atrás me doy cuenta de lo mucho que he crecido como persona. Ya hace tiempo que dejé de ser una mojigata con la personalidad anulada por un gilipollas del que me resulta incomprensible que llegara a enamorarme. Cuando se largó me convertí en una amargada en batalla constante contra el mundo, pero ya no. Ahora controlo las riendas de mi vida. He decidido pasarlo bien y aprovechar todas las oportunidades que se me presenten para sentirme una mujer poderosa. No sé explicar cómo ni por qué he experimentado esta evolución, pero sí sé que ahora siento que lo que sucede a mi alrededor depende de mí. Soy yo quien provoca los cambios, y ése es un poder inigualable.

Dudas

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Tengo la impresión de estar inmerso en un sueño. No en el sentido romántico de la palabra, no porque sea una situación idílica, sino porque no me parece que lo que estoy viviendo sea real. Es como si mi vida de verdad hubiera hecho un paréntesis para permitirme experimentar una especie de juego.

Si me veo desde fuera no acabo de creerme que este tipo que ha dejado de pensar continuamente en su drama personal para preocuparse por otros dramas personales sea yo. Temo que en algún momento la burbuja explotará y volveré a sumirme en el pozo de la nostalgia.

Estos últimos días he conocido a varias personas con historias realmente trágicas, tanto o más que la mía. Algunas son ejemplo admirable de superación, de adaptación a la realidad, lo que demuestra que las personas ansiamos, ante todo, vivir, por muy duro que haya sido el camino.

Otras buscan, como yo, un nuevo comienzo, y lo que más me sorprende es que he llegado a compadecerme de alguna de esas historias. De hecho, ahora mismo formo parte de una de esas vidas destrozadas desde antes de empezar a vivirla. Me ha pedido ayuda, que le acompañe en este nuevo inicio, y aquí estoy, viviendo una vida que no es la mía y que, pensándolo fríamente, no sé si quiero vivir.

Una pausa en este viaje que espero que no sea a ninguna parte.

Segunda impresión

velada

Estoy muerta. Mi cerebro me pide que desconecte inmediatamente, pero no puedo acostarme sin antes escribir esto. Mañana seguro que lo veo de otra forma y si lo dejo para entonces el post no reflejará lo que quiero expresar.

Cuando a una le suceden cosas como la que he vivido yo esta noche cuesta mucho no creer en el destino, en las segundas oportunidades y en reflexiones recurrentes, como esa que dice que cuando una puerta se cierra otra se abre. Ya me entendéis.

No voy a dar muchos detalles porque ya he dicho que mañana seguro que lo veo de otra manera y tendría que editar lo que estoy escribiendo.

Sólo os diré que esta noche he tenido un encuentro especial, uno de ésos que se recuerdan para siempre, no necesariamente porque haya sido mágico ni maravilloso, sino porque ha sido del todo inesperado, muy desagradable a priori, pero realmente interesante al final.

A veces las segundas impresiones dicen mucho más de las personas que las primeras. Pero, de todas formas, esperaré a la tercera, que ya estoy bastante escarmentada.