Se acabó el victimismo

VICTIMISMO

Si en algo estamos de acuerdo quienes compartimos este espacio es que la vida es una mierda. El mundo se ha confabulado en nuestra contra y no hay nada que podamos hacer para cambiarlo, así que lo único que nos queda es el derecho al pataleo, quejarnos amargamente para desahogarnos y compartir las penas. Pues no. Eso se acabó. Se acabó el victimismo, el lamentarnos por ser unos pobres desgraciados predestinados a sufrir, sufrir y sufrir. La vida es una mierda, sí (¿os lo había dicho ya?), y eso es suficiente castigo como para encima martirizarnos y regodearnos en nuestra desgracia.

Me voy de vacaciones. Al carajo ese destino. Me han despedido, ya os lo conté. Pues he decidido que con la indemnización me voy a regalar las mejores vacaciones de mi vida. Me voy con mi hijo, y os puedo asegurar que voy a dejar que me cuiden y que me voy a reír como no lo he hecho en mucho tiempo. Ya os contaré.

Vuelvo a ser alguien

margarita deshojada

Hasta hace unos días me había comportado como una empleada ejemplar. Hacía mi trabajo de forma mecánica y ocupaba mi mente con las historias que me inventaba, pero llegó el momento en que empezaba a cuestionarme mi situación. Ya no era simplemente un alma en pena, destrozada, y dolida con la vida; empezaba a tener nuevas inquietudes y cada vez odiaba más dedicar mi tiempo a limpiar la porquería de otros, aunque me pagaran (mal) por hacerlo. Ya no tendré que preocuparme por ello.

Siento que vuelvo a ser alguien. Y eso es mucho más de lo que logré durante mi vida anterior, la de esposa ejemplar, madre ejemplar, mujer ejemplar, responsable, atenta, coqueta, sonriente… A la mierda tanta ejemplaridad. Pensando en los demás, en lo correcto, lo único que conseguí fue ser abandonada por mi “amante” esposo. Cuando descubrí que tenía unos cuernos de medida XXL (después de todo a Matías le iban las jóvenes no tan ejemplares), el señor se largó sin atreverse a dar explicaciones.

Al principio me culpé por ser tan gilipollas. Tras tantos años de fidelidad incondicional perdí buena parte de mi amor propio, así que me empeñé en buscar el fallo en mí misma. Yo tenía que ser responsable de que aquel cabrón me hubiera engañado. Ahora, sin embargo, estoy recuperando el orgullo y me sigo culpando, pero no por haber fallado en mi matrimonio, sino por no haber sido yo la que abandonara a un tipo que lo único que me provoca ya son náuseas.

A pesar de todo, sí ha quedado algo bueno de mis largos años como mojigata: mi hijo, por quien vale la pena todo el sufrimiento vivido.