Un viaje por los escenarios de ‘Con la vida a cuestas’

Embalse de Barrios de Luna

Embalse de Barrios de Luna, puerta de entrada a Babia.   Foto: Benjamín Recacha

Soy un personaje de ficción. Lorena, la esforzada y asqueada madre separada coprotagonista de Con la vida a cuestas, que en un momento determinado dice basta y decide tomar las riendas de su vida. Soy un personaje de ficción, sí, pero aquí me tenéis, escribiendo, hablándoos desde una pantalla.

A quienes hayáis leído el libro también os habré estado hablando; a través de la voz del narrador, de acuerdo, pero si la historia ha conseguido atraparos, habrá llegado un momento en que esa voz intermediaria se habrá diluido, de forma que los personajes habrán cobrado vida. Cuando eso ocurre, la frontera entre la ficción y la realidad desaparece, al menos mientras uno mantiene las páginas abiertas (o el lector digital encendido). Y es una sensación fantástica, ¿verdad?

Yo leo mucho, sobre todo blogs, aunque también novelas. Os lo podéis creer o no, pero eso no va a cambiar lo que os quiero contar. He leído Con la vida a cuestas… Bueno, está bien, en realidad la he vivido. De lo que os quiero hablar es de la cantidad de escenarios diferentes que aparecen, que en mi opinión casi le llegan a otorgar la etiqueta de literatura de viajes.

En realidad no lo es, porque esos escenarios tienen un papel de complemento; su objetivo es contextualizar y reforzar la carga emocional de la trama, pero, en cualquier caso, os aseguro que dan ganas de hacer más de una escapadita.

Buena parte del relato se desarrolla en la provincia de León… ¿Que si he estado? Mmmm… Vais a tener que leer el libro, porque si me voy de la lengua Benjamín es capaz de cerrarme el blog.

Hagamos un repaso de localizaciones: Barcelona, la gran ciudad, con ese aeropuerto donde he llegado a sentirme tan anulada como persona. Es curioso, también en mi matrimonio llegué a sentirme así, aunque entonces no era consciente de ello… En fin, que me desvío del tema.

Otras ciudades que aparecen son Madrid, Sevilla, Logroño, Pamplona, León, Oviedo…, pero en la mayor parte de los casos cumplen un papel anecdótico. El peso de la novela recae sobre todo en pequeñas ciudades, pueblos y parajes naturales. Yo, por ejemplo, veréis que hago un par de escapadas, a Tenerife y al precioso pueblo granadino de Salobreña.

Alberto visita muchos más lugares. La primera parada en su viaje, físico, pero sobre todo de reconstrucción personal, es en La Rioja, en Nájera, un pueblo que fue reino hace un milenio. Allí descubrirá San Millán de la Cogolla y sus monasterios de Yuso y Suso, y la narración nos llevará también al navarro Valle del Baztán y su capital Elizondo para recordar el trágico pasado de Edurne, “la bruja”.

El siguiente escenario, el más “mágico” para mi gusto, es la comarca leonesa de Babia. Un tesoro escondido, que para muchos no existe más que en el refranero popular. Pues sí, Babia es real, tanto que abruma por su belleza. El embalse de Barrios de Luna nos da la bienvenida a un paraíso natural del que el pueblecito de La Cueta se convierte en Con la vida a cuestas en su capital.

Desde allí, Alberto y otros personajes, como Irina, Ana y Pedro, nos llevan de excursión al Parque Natural de Somiedo, en Asturias, uno de los principales santuarios del oso pardo en España. Aún estoy sobrecogida con el capítulo que protagonizan la osa y sus dos cachorros… Ay, que me voy de la lengua…

No es Somiedo el único enclave asturiano que vamos a visitar con la lectura. También Llanes, Ribadesella, Pechón…, y buena parte de la costa cantábrica, desde la playa de As Catedrais en Lugo hasta San Vicente de la Barquera, ya en Cantabria. Pero, como os decía, la localización principal es la provincia de León.

De Babia a El Bierzo. Villafranca del Bierzo, uno de los puntos clave en el Camino de Santiago, es el enclave central de la tercera parte de la novela. Estoy tentada de dar nombres, pero me voy a tener que contener para no desvelar detalles relevantes…

Sólo diré que dan ganas de hacer un recorrido por todos esos lugares preciosos que aparecen: Ponferrada y su castillo templario, Las Médulas, el Valle del Silencio, los Ancares, otro paraíso natural entre León y Galicia, donde el tiempo parece haberse detenido…

Como veis, la lista es larga. Incluso una parte del relato, en la que conocemos a Helga, la fotógrafa alemana afincada en Villafranca, sucede en Alemania. Vale, vale, ya no digo más.

Sólo añadiré que si decidís darle una oportunidad a esta segunda novela de Benjamín, estoy segura de que os alegraréis de haberlo hecho.

Los gatos toman el sol

Nájera

La parte histórica de Nájera.   Foto: turismoenpueblos.es

Estoy en Nájera, un bonito pueblo de La Rioja que hace mil años llegó a ser reino. Esta mañana he salido a pasear para conocer el lugar a donde me ha conducido el destino, ya veremos por cuánto tiempo.

La parte histórica se apiña en torno al monasterio de Santa María la Real, y todo el conjunto queda bajo la protección de una ladera montañosa salpicada de pequeñas cuevas cuyo origen no he acabado de descifrar.

Me he acercado al paseo que discurre paralelo al río, el Najerilla, que marca la división entre la Nájera moderna e industrial y la histórica. Hay varios puentes que lo atraviesan. Desde lo alto de uno de ellos he paseado la mirada por todo el entorno, y lo que me ha llamado más la atención no ha sido el paisaje, sino una anciana que se encontraba en el banco más cercano a mi ubicación.

Podía distinguir sus facciones con claridad. Profundas arrugas surcaban su rostro y tenía el pelo completamente blanco, recogido en dos largas trenzas que reposaban en su pecho y casi le llegaban hasta la cintura. La nariz aguileña y unos ojos oscuros de mirada profunda acababan por darle el inconfundible aspecto de una india americana. Vestía un abrigo de colores vivos y sonreía dejando entrever una dentadura aparentemente perfecta. Debía tener más de ochenta años, pero mi impresión es que se sentía joven, probablemente mucho más que yo.

Sin embargo, su aspecto no era lo más llamativo, sino el hecho de que estaba rodeada de una multitud de gatos de todos los colores y tamaños, que la acompañaban en su baño de sol primaveral. Parecía una estampa sacada de un cuento.

He estado un rato observándolos, y he contado hasta veinticuatro gatos. Los más jóvenes jugaban a revolcarse o a perseguir moscas y mariposas, mientras que los adultos descansaban junto a la anciana, en el mismo banco, sobre sus piernas, o enroscados a sus pies. La mujer los acariciaba y les susurraba palabras que juraría que los animales comprendían, aunque la mayor parte del tiempo simplemente reposaban en silencio. Al cabo de unos minutos la anciana ha decidido que era hora de marcharse, así que se ha incorporado y, apoyada en un bastón de madera, con pasos cortos y pausados, y rodeada de gatos, se ha dirigido hacia uno de los callejones que se perdían en el interior del pueblo.

Perdido. Así me siento yo…, y lo peor es que no sé si quiero encontrarme.