Carta a mi pasado

mar

Hola, María.

Anoche pensé en ti. Lo hago de vez en cuando, pero esta vez te colaste en mis pensamientos sin pedir permiso. Te echo de menos. Sería mentirme a mí mismo no reconocerlo. Echo de menos tu risa, tu pelo revuelto, tu aroma, tus besos. Echo de menos nuestras discusiones, tus enfados, tus reproches, las reconciliaciones en torno a una tableta de chocolate negro.

Te echo tanto de menos que me duele pensar en ti y, sobre todo, me duele la forma como te fuiste. Entonces no fui consciente de cuánto me dolía, pero ahora sí. Ahora que noto que empiezo a ser una persona viva otra vez, que he dejado de ser un zombi, es cuando más siento el dolor por lo que pasó y cuando menos comprendo que me dejaras de la forma como lo hiciste.

Te tengo que pedir un favor. El último. Necesito que te vayas definitivamente. No puedo seguir adelante si tu recuerdo doloroso me visita a cada momento. Quiero avanzar, dejar atrás el pasado y ser capaz de construir nuevos recuerdos.

Ayer fue un día genial, el mejor desde que desperté en medio de la peor pesadilla que uno podría temer. Ayer me sentí vivo de nuevo, pero los recuerdos, tu recuerdo, me impidieron disfrutarlo.

Sé que es un camino largo, que nunca volveré a ser la persona que era, pero ayer tuve sensaciones que creía imposible recuperar y me sentí bien. Sentí que merezco esta segunda oportunidad, pero para aprovecharla necesito que tu recuerdo no sea más que eso, un recuerdo. Te pido que no me acoses, que no me impidas vivir… No sabes cuánto me duele escribirlo…

Ahora controlo las riendas de mi vida

Autora: Alicia Heredia

Fantástica foto de Alicia Heredia.

Por fin he vuelto. Me tenéis que disculpar por haber estado desaparecida tantos días, pero es que últimamente me han pasado muchas cosas y he necesitado un poco de tiempo para asimilar los cambios.

La tercera impresión fue buena. Nunca pensé que pudiera congeniar con alguien tan diferente a mí.

Os tengo que hacer una confesión. El encuentro inesperado que tuve en Tenerife fue con el tipo que provocó que me echaran del trabajo en el aeropuerto. Es difícil de creer, pero prometo que es cierto.

Está tan forrado como sospechaba y es un cabrón, pero no tanto como creía. Tiene salvación.

Hablamos mucho, la noche que escribí el post anterior y los días siguientes. Se disculpó y me ofreció la posibilidad de incluirme en algún proceso de selección de las muchas empresas donde tiene contactos.

¿Sabéis qué? He estado toda la vida puteada, incluso cuando no era consciente de ello. Nunca he tenido enchufe en ningún sitio y se me ha quedado la misma cara de tonta que a la mayoría de los que leéis esto cuando he visto cómo un empleo que parecía hecho a mi medida se lo daban al enchufado de turno. He tenido que trabajar por cuatro duros, un montón de horas todos los días, para salir adelante. No os estoy contando nada que no sepáis por experiencia propia. Vivimos en un país de mierda donde el mérito que más se valora es tener buenos contactos.

Pues bien, yo por fin tengo uno buenísimo. Un pastoso forrado hasta las cejas, que nunca entenderé por qué ha entrado en mi vida, pero que, desde luego, me la está cambiando.

Hace tres días me hicieron una entrevista para un puesto administrativo en las oficinas de Barcelona de una importante empresa tecnológica. Mi “enchufe” me aseguró que lo único que iba a hacer por mí era conseguir que me incluyeran en el proceso de selección, así que que me contratasen o no dependería de mis aptitudes. No sé si intercedió o no, si la entrevista y la prueba práctica (muy completita, por cierto) fueron un paripé, pero me da igual. Lo importante es que por fin tengo un empleo digno, con un sueldo digno, unas condiciones laborales dignas, vacaciones y los fines de semana libres para disfrutar de mi hijo y hacer lo que nos dé la gana.

Al final resulta que aquel incidente en el aeropuerto fue una de las mejores cosas que han pasado en la vida. Ya no necesito ni quiero trabajar doce horas diarias, no necesito tres miniempleos para pagar las facturas. Voy a poder ir a buscar a mi hijo al cole y llevarlo al parque todas las tardes.

Cuando echo la vista atrás me doy cuenta de lo mucho que he crecido como persona. Ya hace tiempo que dejé de ser una mojigata con la personalidad anulada por un gilipollas del que me resulta incomprensible que llegara a enamorarme. Cuando se largó me convertí en una amargada en batalla constante contra el mundo, pero ya no. Ahora controlo las riendas de mi vida. He decidido pasarlo bien y aprovechar todas las oportunidades que se me presenten para sentirme una mujer poderosa. No sé explicar cómo ni por qué he experimentado esta evolución, pero sí sé que ahora siento que lo que sucede a mi alrededor depende de mí. Soy yo quien provoca los cambios, y ése es un poder inigualable.

Dudas

assorted_2009_duda

Tengo la impresión de estar inmerso en un sueño. No en el sentido romántico de la palabra, no porque sea una situación idílica, sino porque no me parece que lo que estoy viviendo sea real. Es como si mi vida de verdad hubiera hecho un paréntesis para permitirme experimentar una especie de juego.

Si me veo desde fuera no acabo de creerme que este tipo que ha dejado de pensar continuamente en su drama personal para preocuparse por otros dramas personales sea yo. Temo que en algún momento la burbuja explotará y volveré a sumirme en el pozo de la nostalgia.

Estos últimos días he conocido a varias personas con historias realmente trágicas, tanto o más que la mía. Algunas son ejemplo admirable de superación, de adaptación a la realidad, lo que demuestra que las personas ansiamos, ante todo, vivir, por muy duro que haya sido el camino.

Otras buscan, como yo, un nuevo comienzo, y lo que más me sorprende es que he llegado a compadecerme de alguna de esas historias. De hecho, ahora mismo formo parte de una de esas vidas destrozadas desde antes de empezar a vivirla. Me ha pedido ayuda, que le acompañe en este nuevo inicio, y aquí estoy, viviendo una vida que no es la mía y que, pensándolo fríamente, no sé si quiero vivir.

Una pausa en este viaje que espero que no sea a ninguna parte.

Segunda impresión

velada

Estoy muerta. Mi cerebro me pide que desconecte inmediatamente, pero no puedo acostarme sin antes escribir esto. Mañana seguro que lo veo de otra forma y si lo dejo para entonces el post no reflejará lo que quiero expresar.

Cuando a una le suceden cosas como la que he vivido yo esta noche cuesta mucho no creer en el destino, en las segundas oportunidades y en reflexiones recurrentes, como esa que dice que cuando una puerta se cierra otra se abre. Ya me entendéis.

No voy a dar muchos detalles porque ya he dicho que mañana seguro que lo veo de otra manera y tendría que editar lo que estoy escribiendo.

Sólo os diré que esta noche he tenido un encuentro especial, uno de ésos que se recuerdan para siempre, no necesariamente porque haya sido mágico ni maravilloso, sino porque ha sido del todo inesperado, muy desagradable a priori, pero realmente interesante al final.

A veces las segundas impresiones dicen mucho más de las personas que las primeras. Pero, de todas formas, esperaré a la tercera, que ya estoy bastante escarmentada.

Los gatos toman el sol

Nájera

La parte histórica de Nájera.   Foto: turismoenpueblos.es

Estoy en Nájera, un bonito pueblo de La Rioja que hace mil años llegó a ser reino. Esta mañana he salido a pasear para conocer el lugar a donde me ha conducido el destino, ya veremos por cuánto tiempo.

La parte histórica se apiña en torno al monasterio de Santa María la Real, y todo el conjunto queda bajo la protección de una ladera montañosa salpicada de pequeñas cuevas cuyo origen no he acabado de descifrar.

Me he acercado al paseo que discurre paralelo al río, el Najerilla, que marca la división entre la Nájera moderna e industrial y la histórica. Hay varios puentes que lo atraviesan. Desde lo alto de uno de ellos he paseado la mirada por todo el entorno, y lo que me ha llamado más la atención no ha sido el paisaje, sino una anciana que se encontraba en el banco más cercano a mi ubicación.

Podía distinguir sus facciones con claridad. Profundas arrugas surcaban su rostro y tenía el pelo completamente blanco, recogido en dos largas trenzas que reposaban en su pecho y casi le llegaban hasta la cintura. La nariz aguileña y unos ojos oscuros de mirada profunda acababan por darle el inconfundible aspecto de una india americana. Vestía un abrigo de colores vivos y sonreía dejando entrever una dentadura aparentemente perfecta. Debía tener más de ochenta años, pero mi impresión es que se sentía joven, probablemente mucho más que yo.

Sin embargo, su aspecto no era lo más llamativo, sino el hecho de que estaba rodeada de una multitud de gatos de todos los colores y tamaños, que la acompañaban en su baño de sol primaveral. Parecía una estampa sacada de un cuento.

He estado un rato observándolos, y he contado hasta veinticuatro gatos. Los más jóvenes jugaban a revolcarse o a perseguir moscas y mariposas, mientras que los adultos descansaban junto a la anciana, en el mismo banco, sobre sus piernas, o enroscados a sus pies. La mujer los acariciaba y les susurraba palabras que juraría que los animales comprendían, aunque la mayor parte del tiempo simplemente reposaban en silencio. Al cabo de unos minutos la anciana ha decidido que era hora de marcharse, así que se ha incorporado y, apoyada en un bastón de madera, con pasos cortos y pausados, y rodeada de gatos, se ha dirigido hacia uno de los callejones que se perdían en el interior del pueblo.

Perdido. Así me siento yo…, y lo peor es que no sé si quiero encontrarme.

Se acabó el victimismo

VICTIMISMO

Si en algo estamos de acuerdo quienes compartimos este espacio es que la vida es una mierda. El mundo se ha confabulado en nuestra contra y no hay nada que podamos hacer para cambiarlo, así que lo único que nos queda es el derecho al pataleo, quejarnos amargamente para desahogarnos y compartir las penas. Pues no. Eso se acabó. Se acabó el victimismo, el lamentarnos por ser unos pobres desgraciados predestinados a sufrir, sufrir y sufrir. La vida es una mierda, sí (¿os lo había dicho ya?), y eso es suficiente castigo como para encima martirizarnos y regodearnos en nuestra desgracia.

Me voy de vacaciones. Al carajo ese destino. Me han despedido, ya os lo conté. Pues he decidido que con la indemnización me voy a regalar las mejores vacaciones de mi vida. Me voy con mi hijo, y os puedo asegurar que voy a dejar que me cuiden y que me voy a reír como no lo he hecho en mucho tiempo. Ya os contaré.

Cómo duele el recuerdo…

recuerdos

Temo que he empezado a recordar. Nadie puede sobreponerse nunca a la noticia de que su hijo ha muerto. A mí me lo dijeron casi tres semanas después de que ocurriera, estando en la cama de un hospital, sin poder moverme, habiendo sobrevivido milagrosamente al mismo accidente que se lo llevó a él. En aquel momento deseé no haber despertado del coma, pero no fui capaz de asimilar la pérdida. No lo haría del todo hasta regresar a casa, dos meses más tarde. Físicamente estaba bastante recuperado. No así mentalmente. Aún hoy no lo estoy. Es más, ahora mismo creo que me encuentro peor que nunca…, porque he empezado a recordar.

Mi mente borró el accidente. Es posible que sea una especie de mecanismo de defensa. Si no lo recuerdas es como si no hubiera pasado. Ojalá fuera así, pero para que funcionara como un verdadero escudo ante las desgracias debería haber borrado los seis años que compartí con él. Ahora que las imágenes de aquel día han empezado a volver, preferiría mantenerlo en la oscuridad.

Acabo de soñar con el accidente. Es la primera vez que se me aparece. Ha sido una escena corta, justo los segundos previos al impacto, y ahora no puedo borrar de mi cabeza la cara sonriente de Eloy. Una cara adorable, simpática, divertida, ajena a la inminente desgracia. Tener la certeza de que no volveré a ver esa sonrisa es insoportable. ¿Qué puedo hacer?

Dolor

corazón roto

Estoy de viaje. Tengo ratos de distracción en los que la memoria me da tregua, pero es difícil no caer continuamente en el recuerdo, casi siempre doloroso. La simple visión de un bonito paisaje me traslada a los días de felicidad junto a María, antes de ser padres, y siéndolo… La punzada continúa siendo terrible… ¿En algún momento dejará de serlo?

No sé si llegaré a perdonarla. Me pregunto a menudo si comprendo que me dejara y por qué lo hizo, si habría sido posible comenzar de nuevo los dos juntos. Hago el esfuerzo de ponerme en el papel de ella, y entiendo que el dolor la empujó a marcharse, pero… ¿tuvo que acabar todo así, borrando de un plumazo tantos años en los que fuimos felices?

Me duele tanto recordar a mi hijo, nuestro hijo, que todavía no sé qué siento realmente por la marcha de María. Me duele, pero se me hace muy difícil determinar cuánto, porque pensar en ello me lleva irremediablemente a recordar a Eloy; entonces el dolor se hace insoportable y me obliga a llorar las lágrimas que ya no tengo…

¿Cuánto tiempo puede continuar latiendo un corazón destrozado?

Quiero volver a vivir, pero me cuesta creer que sea posible con el corazón hecho añicos.

Vuelvo a ser alguien

margarita deshojada

Hasta hace unos días me había comportado como una empleada ejemplar. Hacía mi trabajo de forma mecánica y ocupaba mi mente con las historias que me inventaba, pero llegó el momento en que empezaba a cuestionarme mi situación. Ya no era simplemente un alma en pena, destrozada, y dolida con la vida; empezaba a tener nuevas inquietudes y cada vez odiaba más dedicar mi tiempo a limpiar la porquería de otros, aunque me pagaran (mal) por hacerlo. Ya no tendré que preocuparme por ello.

Siento que vuelvo a ser alguien. Y eso es mucho más de lo que logré durante mi vida anterior, la de esposa ejemplar, madre ejemplar, mujer ejemplar, responsable, atenta, coqueta, sonriente… A la mierda tanta ejemplaridad. Pensando en los demás, en lo correcto, lo único que conseguí fue ser abandonada por mi “amante” esposo. Cuando descubrí que tenía unos cuernos de medida XXL (después de todo a Matías le iban las jóvenes no tan ejemplares), el señor se largó sin atreverse a dar explicaciones.

Al principio me culpé por ser tan gilipollas. Tras tantos años de fidelidad incondicional perdí buena parte de mi amor propio, así que me empeñé en buscar el fallo en mí misma. Yo tenía que ser responsable de que aquel cabrón me hubiera engañado. Ahora, sin embargo, estoy recuperando el orgullo y me sigo culpando, pero no por haber fallado en mi matrimonio, sino por no haber sido yo la que abandonara a un tipo que lo único que me provoca ya son náuseas.

A pesar de todo, sí ha quedado algo bueno de mis largos años como mojigata: mi hijo, por quien vale la pena todo el sufrimiento vivido.

Jugar al azar

“Dejarse llevar suena demasiado bien.
Jugar al azar,
nunca saber dónde puedes terminar…
o empezar…”

Esta mañana he tomado la segunda decisión impulsiva en pocos días. La primera fue abrir este blog y volcar en él las sensaciones que creo que en cualquier momento me harán explotar. No sé cómo puedo soportarlo… Pero la verdad es que aquí estoy otra vez, tecleando para nadie, dejando por escrito que me voy, que he tomado la decisión de salir ahí fuera y descubrir si la vida todavía me depara algo.

La culpa la tiene esta canción. La han puesto esta mañana en la radio; no sé por qué me he parado a escucharla y luego la he buscado en Youtube. Dejarse llevar…, jugar al azar…, no saber dónde poder terminar o empezar… El impulso no ha sido esta vez escribir, sino hacer caso a la letra. Me voy de viaje, dejo atrás la nada que es mi existencia y ya veremos si también el dolor que me ahoga. No lo veo probable.