Dolor

corazón roto

Estoy de viaje. Tengo ratos de distracción en los que la memoria me da tregua, pero es difícil no caer continuamente en el recuerdo, casi siempre doloroso. La simple visión de un bonito paisaje me traslada a los días de felicidad junto a María, antes de ser padres, y siéndolo… La punzada continúa siendo terrible… ¿En algún momento dejará de serlo?

No sé si llegaré a perdonarla. Me pregunto a menudo si comprendo que me dejara y por qué lo hizo, si habría sido posible comenzar de nuevo los dos juntos. Hago el esfuerzo de ponerme en el papel de ella, y entiendo que el dolor la empujó a marcharse, pero… ¿tuvo que acabar todo así, borrando de un plumazo tantos años en los que fuimos felices?

Me duele tanto recordar a mi hijo, nuestro hijo, que todavía no sé qué siento realmente por la marcha de María. Me duele, pero se me hace muy difícil determinar cuánto, porque pensar en ello me lleva irremediablemente a recordar a Eloy; entonces el dolor se hace insoportable y me obliga a llorar las lágrimas que ya no tengo…

¿Cuánto tiempo puede continuar latiendo un corazón destrozado?

Quiero volver a vivir, pero me cuesta creer que sea posible con el corazón hecho añicos.

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Vuelvo a ser alguien

margarita deshojada

Hasta hace unos días me había comportado como una empleada ejemplar. Hacía mi trabajo de forma mecánica y ocupaba mi mente con las historias que me inventaba, pero llegó el momento en que empezaba a cuestionarme mi situación. Ya no era simplemente un alma en pena, destrozada, y dolida con la vida; empezaba a tener nuevas inquietudes y cada vez odiaba más dedicar mi tiempo a limpiar la porquería de otros, aunque me pagaran (mal) por hacerlo. Ya no tendré que preocuparme por ello.

Siento que vuelvo a ser alguien. Y eso es mucho más de lo que logré durante mi vida anterior, la de esposa ejemplar, madre ejemplar, mujer ejemplar, responsable, atenta, coqueta, sonriente… A la mierda tanta ejemplaridad. Pensando en los demás, en lo correcto, lo único que conseguí fue ser abandonada por mi “amante” esposo. Cuando descubrí que tenía unos cuernos de medida XXL (después de todo a Matías le iban las jóvenes no tan ejemplares), el señor se largó sin atreverse a dar explicaciones.

Al principio me culpé por ser tan gilipollas. Tras tantos años de fidelidad incondicional perdí buena parte de mi amor propio, así que me empeñé en buscar el fallo en mí misma. Yo tenía que ser responsable de que aquel cabrón me hubiera engañado. Ahora, sin embargo, estoy recuperando el orgullo y me sigo culpando, pero no por haber fallado en mi matrimonio, sino por no haber sido yo la que abandonara a un tipo que lo único que me provoca ya son náuseas.

A pesar de todo, sí ha quedado algo bueno de mis largos años como mojigata: mi hijo, por quien vale la pena todo el sufrimiento vivido.

Jugar al azar

“Dejarse llevar suena demasiado bien.
Jugar al azar,
nunca saber dónde puedes terminar…
o empezar…”

Esta mañana he tomado la segunda decisión impulsiva en pocos días. La primera fue abrir este blog y volcar en él las sensaciones que creo que en cualquier momento me harán explotar. No sé cómo puedo soportarlo… Pero la verdad es que aquí estoy otra vez, tecleando para nadie, dejando por escrito que me voy, que he tomado la decisión de salir ahí fuera y descubrir si la vida todavía me depara algo.

La culpa la tiene esta canción. La han puesto esta mañana en la radio; no sé por qué me he parado a escucharla y luego la he buscado en Youtube. Dejarse llevar…, jugar al azar…, no saber dónde poder terminar o empezar… El impulso no ha sido esta vez escribir, sino hacer caso a la letra. Me voy de viaje, dejo atrás la nada que es mi existencia y ya veremos si también el dolor que me ahoga. No lo veo probable.