Náufragos que se encuentran, un fragmento de ‘Con la vida a cuestas’

Nájera

Monasterio de Santa María la Real, en Nájera.   Foto: Mónica Esteban

Ha pasado tiempo desde aquel viaje sin rumbo, cuyo destino era encontrarme. Un viaje que inicié sin ilusión ni esperanzas, pero que acabó transformándome, gracias sobre todo a la gente que fui encontrando en el camino. Como Miguel, el primer navegante solitario con el que topé, que me llevó a La Rioja y a empezar a darme cuenta de que éramos muchos los náufragos que va dejando la vida.

Con la vida a cuestas es la novela que recoge mi aventura y la de varias de esas víctimas que, después de todo, y a pesar de las circunstancias, no dejan de luchar por mantenerse a flote. Os dejo con un fragmento de mi encuentro con Miguel Luján. Si os pica la curiosidad, aquí podéis leer varios capítulos más.

Tal y como había prometido Miguel Luján, aquella noche cenaron y durmieron en La Rioja, en Nájera, un bonito pueblo con varios edificios singulares y un agradable paseo junto al río Najerilla. Durante el trayecto Alberto atendió con resignación y paciencia a las inacabables anécdotas de aquel hombre que, por encima de todo, necesitaba ser escuchado. Le explicó su historia personal: que era padre de dos mujeres increíbles, independientes, excelentes estudiantes, la envidia de Llanes. Le aseguró que no guardaba rencor a su exesposa, a la que había conocido cuando trabajaba de camarera en uno de los restaurantes donde había colocado la mejor máquina Astoria. “La enamoré con este piquito de oro”, recordó con una sonrisa que desprendía una buena dosis de melancolía. Tampoco odiaba al adinerado abogado por el que ella lo había dejado. O eso dijo. Y para reforzar esa idea se esforzó en acentuar su inevitable sonrisa, aunque los ojos transmitieran otra cosa.

Aquellas revelaciones de quien tras quince años no había superado aún el abandono y lo suplía con una vida de entrega al trabajo, trasladaron a Alberto a los días de felicidad junto a María, antes de ser padres, y siéndolo. La punzada continuaba siendo muy dolorosa. ¿Perdonaría él a su compañera? ¿Comprendía su reacción? ¿Habría sido posible continuar juntos? Se lo había preguntando muchas veces, y lo seguiría haciendo, era inevitable. Hacía el esfuerzo por ponerse en la piel de ella, y entendía que el dolor la hubiera empujado a marcharse, pero le reprochaba la forma como había acabado todo. Tantos años juntos, siendo felices, borrados de un plumazo.

Pensar en su marcha llevaba asociado inevitablemente el recuerdo de Eloy, que lo invadía todo y le obligaba a llorar las lágrimas que ya no tenía. ¿Cuánto tiempo puede continuar latiendo un corazón destrozado?

Llegados a Nájera, Miguel llevó a su pasajero a un bonito hostal. Antes cenaron en un restaurante, donde Alberto disfrutó de la cocina riojana, de aspecto y sabor infinitamente más apetitosos que el menú de un área de servicio, convenientemente regada con vino de la tierra. Sólo le faltaba al vendedor la ayuda del alcohol para acabar de desenrollarle la lengua. Sorprendentemente, la conversación fue amena, alejada de pasados tristes y nostalgia. La combinación de la agradable velada, la buena comida, y un entorno acogedor por descubrir, ayudó a Alberto a dormir a pierna suelta. A la mañana siguiente se despertó temprano y salió a pasear antes del desayuno. El revitalizante aire fresco y el murmullo saltarín del río Najerilla le ayudaron a tomar una nueva decisión.

—Qué tal, amigo, ¿cómo ha dormido? —le preguntó Miguel cuando apareció por el comedor del hostal armado con la primera sonrisa del día.

—Muy bien. ¿Y usted?

—Yo siempre duermo bien. Y ahora a reponer fuerzas. Ya verá qué desayuno tan completo —dijo, señalando a las mesas en que aguardaban los manjares—. Por cierto, ¿ya ha pensado hasta dónde quiere llegar hoy?

—Tengo buenas noticias para usted: no me va a tener que llevar a ningún sitio porque me voy a quedar por aquí unos días. Me apetece conocer un poco mejor este lugar.

El agente comercial no pudo evitar que una expresión de contrariedad apareciera en su rostro.

—Bueno… Le confieso que lo lamento. No el hecho de que se sienta usted a gusto, por supuesto, sino que no vaya a acompañarme más. No es fácil encontrar buenos compañeros de viaje. —Alberto no tenía la impresión de haberlo sido—. En fin, entonces aprovecharemos el desayuno para celebrar esas buenas sensaciones que le ha proporcionado La Rioja. —La tristeza dejó paso al entusiasmo de nuevo.

Un rato después se despedían con un abrazo. A Alberto le incomodó el arranque afectuoso del hombre, pero también sintió una pequeña punzada de culpabilidad por “abandonar” a quien le había ofrecido su ayuda sin dudar y que estaba dispuesto a llevarlo a donde él le pidiera. Se dio cuenta de que incluso creyéndose el ser más desgraciado del mundo había otras personas que se sentían tan solas como él y necesitaban, agradecían incluso, el frío calor que proporcionaba su compañía. Unos oídos que escuchasen, unos ojos que aguantasen la mirada. El viejo Mercedes arrancó y, mientras desaparecía calle abajo, Alberto pensó que cuando parase en un área de servicio recordaría al risueño vendedor de máquinas de café.

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Por una vida auténtica

Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

Imagen libre de derechos obtenida en pixabay.com

Navidad… Una palabra que me produce sentimientos encontrados. Recuerdo la Navidad de mi infancia, que era un torrente de emociones continuadas, positivas, por supuesto: las vacaciones en el cole; el ambiente que se respiraba en las calles, que yo, en mi inocencia infantil, percibía con una sensación permanente de ilusión, de que sólo podían pasar cosas buenas; la decoración navideña… Me encantaba preparar el belén, nos pasábamos horas buscando los materiales necesarios para crearlo y colocando figuritas; quedaba precioso. Hace muchos años que no lo monto. Supongo que en algún momento de la adolescencia dejé de verle la gracia… Y, la verdad, reconozco que tengo una espinita clavada por no haber seguido la tradición con mi hijo. A él le encantaría… Bueno, aún es pequeño, así que estoy a tiempo.

Recuerdo aquellos días tan fríos y mirar al cielo con la esperanza de que se nublara y empezara a nevar. En Barcelona era muy raro, y cuando caía alguna nevada que llegaba a cuajar, para los niños (y no tan niños) se convertía en el acontecimiento del año. A mí me sigue maravillando.

Me encantaban las reuniones familiares, aquellas largas jornadas de fiesta y juegos con mis primos, el turrón y los polvorones… Mis favoritos eran los roscos de vino y aquellos grandes, envueltos en papel blanco, que había que apretar bien antes de comerlos. Los compro cada año, pero, no sé si es cosa del recuerdo, no saben igual. En cuanto al turrón, lo acumulo en un armario de la cocina y cada cierto tiempo tengo que tirar tabletas sin estrenar, caducadas.

La lotería. Ya hace tiempo que no compro más que alguna participación por aquello del «y si toca», pero recuerdo lo emocionada que seguía el sorteo en directo, en la tele en blanco y negro, con el alma en vilo, segura de que caería algún premio millonario con el que mis padres nos comprarían, a mi hermana y a mí, bonitos vestidos, la bici que tanto se resistían los Reyes a traerme, y podríamos irnos de vacaciones en avión.

Los Reyes… Desde que soy madre he recuperado la ilusión por ese día que todos los niños esperan con impaciencia. Detesto el consumismo y el chantaje emocional al que la sociedad somete a los pequeños con la amenaza continua de que si no se portan bien los Reyes no les traerán nada, pero cuando veo cómo brillan los ojos de mi hijo mientras les escribe la carta y cómo disfruta con la cabalgata, sólo puedo sumarme a la fiesta. De hecho, estos últimos años esos han sido los únicos momentos en que he sentido que la emoción no se había extinguido por completo de mi vida.

Sí, la Navidad junto al gilipollas con el que desperdicié tantos años se transformó en una época tan gris como el resto del año. Las reuniones familiares, todas dignas de olvidar, igual que nuestra relación. Raúl fue lo único bueno que salió de ahí. Y menos mal… Menos mal que tengo a mi hijo, porque es él quien hace posible que haya empezado a recuperar el tiempo perdido.

Me pregunto el porqué de esa transformación colectiva que hacemos en Navidad. Por qué compartimos mesa, no una, sino varias veces en pocos días, con gente a la que no soportamos, con la que evitamos el contacto durante el resto del año. Por qué ese derroche de buenos deseos, cuando resulta que el resto del año no somos capaces ni de dar los buenos días. Por qué tanta alegría, tanta fraternidad, tanta solidaridad… tanta fachada que en la mayoría de los casos no es más que el recubrimiento de edificios vacíos o en ruinas.

El capullo con el que me casé brindaba conmigo y me besaba después de que nos comiéramos las uvas, cada Nochevieja. Me miraba a los ojos, sonriente, y me decía «te quiero». Y yo era tan mojigata que me lo creía. Hasta que no se largó no me di cuenta de la gran farsa en la que había estado metida. Bueno, no me quise dar cuenta hasta entonces. Y ahora me parece increíble que aquella tonta fuera yo. ¿Por qué lo aguanté tanto tiempo? ¿Por qué me empeñaba en seguir atrapada en una vida tan gris, en la que estaba totalmente anulada?

Nos conformamos con tan poco… Once meses de existencia insípida, de ir tirando, sin sueños, sin riesgos, sin inquietudes, sin atrevernos a ser la persona que nos gustaría ser, que merecemos ser, y un par de semanas, entre la playa en verano y las fiestas de Navidad, de falsa alegría. A eso se reduce la vida de tantísima gente.

Yo ahora no me lo explico. No podría volver a eso. Me merezco una vida plena, emocionante, en la que reír y llorar, en la que convivan la ilusión y el dolor, en la que lo que suceda sea consecuencia de mis decisiones. En definitiva, una vida auténtica.

Y la Navidad la pasaré con quien me apetezca, si me apetece. Con mi hijo, por supuesto. Y brindaré sólo con quien lo merezca, y puede que comparta bonitos mensajes en Facebook o en mi blog, pero será porque quiero hacerlo. Y nunca más, lo prometo, me traicionaré a mí misma. Nadie debería hacerlo. La autenticidad duele al principio, sobre todo si has estado inmersa en el letargo de una vida insípida, pero una vez la pruebas, no quieres renunciar a ella.

Lo mínimo que deberíamos esperar del mundo en el que vivimos es que se nos permitiera soñar con llevar a cabo nuestros sueños. Y sí, ya sé que soy un personaje literario, pero es un pensamiento perfectamente aplicable a las personas de carne y hueso.

¡Feliz Navidad!

El limbo de los libros olvidados no es un concepto romántico

Con la vida a cuestas

‘Con la vida a cuestas’, en la Casa Rural La Cueta Alto Sil.

La última vez que me asomé por aquí dediqué mi reflexión a los personajes literarios, concretamente al espacio que ocupan en la mente del autor, y cómo pasan de ser el centro de toda su atención a un mero recuerdo, cariñoso, agradable (o no), emotivo en el mejor de los casos.

Yo puedo considerarme una privilegiada porque dispongo de un espacio propio al que mi creador dirige su atención de vez en cuando, así que por ahora no corro el peligro inmediato de caer en el olvido.

Pero (si habéis leído Con la vida a cuestas) sabéis que no soy conformista, ya no. La vida es demasiado corta y no ofrece tantas oportunidades como para limitarse a verlas venir. No es tan fácil darse cuenta de ello ni, lo más importante, pasar a la acción. Quién sabe, si el cabrón de mi ex no se hubiera largado seguramente ahora seguiría siendo una mojigata ignorante, atrapada en una existencia sumisa e invisible.

De todas formas, hoy no pensaba hablar de mí, no al menos en exclusiva.

En mis largas temporadas de silencio tengo mucho tiempo para pensar, y últimamente he estado profundizando en la reflexión sobre la supervivencia de los personajes. Puede que el tema me esté obsesionando un poco…

Hay algo indiscutible: los personajes literarios tenemos una ventaja respecto a los seres de carne y hueso, y es que nunca morimos. Vale, sí, es obvio que algunos lo hacen en el curso del relato del que forman parte, pero vuelven a la vida cada vez que alguien abre el libro que habitan. Resucitan una y otra vez, no hay nada que limite nuestra esperanza de vida.

En la práctica, sin embargo, quizás no muramos, pero sí podemos quedar atrapados en el limbo de los libros olvidados. Y no, no es un concepto romántico para adornar cuadernos; es una grandísima putada.

En realidad, que eso ocurra es lo más probable por una simple cuestión estadística. Si cada año se publican millones de títulos en todo el mundo, que alguien lea ése del que formas parte (más allá de la familia del autor) ya es en sí un hecho sumamente improbable.

La cuestión realmente significativa entonces es: ¿qué más da que tu creador te recuerde con cariño o que incluso te conceda un blog si el libro que te da la vida no lo lee nadie?

Así que ahí me tenéis, atrapada en mi limbo particular, corroyéndome en mi inconformismo mientras me devano los sesos buscando la fórmula mágica que convierta a Con la vida a cuestas en un libro inmortal e inolvidable.

Benjamín me dice que no me preocupe tanto, que acabaré desarrollando una úlcera, pero claro, él ha escrito otras historias y escribirá más. No lo apuesta todo a una carta.

Y para que le dé una oportunidad al optimismo me enseña la foto que encabeza este texto. «Mira, es en La Cueta. Dalmacio tiene el libro a la vista de todos los que van a alojarse en la casa rural y lo recomienda. Asegura que muchos lo leen y que todavía no ha encontrado a ningún lector descontento. Así que, por los menos en Babia, estáis muy vivos».

Eso está muy bien. Sé que es más de lo que consigue la inmensa mayoría de novelas, pero ya os he dicho que soy inconformista, de modo que voy a seguir comiéndome la cabeza.

Mientras tanto, no estaría mal que leyerais Con la vida a cuestas y la recomendarais a todo el mundo.

La lucha contra el olvido

Con la vida a cuestas

‘Con la vida a cuestas’ en el Parque Natural de Somiedo, uno de los escenarios de la novela.

“La historia de Alberto, Rosa y María es la que más me ha gustado. Muy buen libro que voy a recomendar seguro. Te hace ver la realidad de lo que es la vida, que cada uno tiene su historia y sus problemas y que quejándose no se soluciona nada, y quedándote con el problema tampoco. La verdad que muy bien expresadas todas, la pura realidad de las personas”.

Es la opinión de Jennifer, una lectora de Con la vida a cuestas satisfecha. Os podéis imaginar que a Benjamín le gusta recibir comentarios como este. A mí me gustarían más si se refirieran a mi historia, que es bien interesante, aunque el autor no le diera todo el protagonismo que hubiera merecido. Me consta que varios lectores echaron de menos más presencia de esa luchadora que es Lorena, o sea, yo.

Hacía mucho que no aparecía por aquí; demasiado. Tenéis que comprender que, por muy independiente que aparente ser, al fin y al cabo soy un personaje literario. Mi autonomía está tristemente muy limitada. Si a mi creador no le da por darme bola, yo poco más puedo hacer que dar la tabarra desde el rinconcito que ocupo en su cerebro.

Es complicado mantener una presencia significativa en la mente de un escritor. Mi época de gloria acabó en el momento en que se puso a pensar en su siguiente obra, y ahora me tengo que conformar con robarle unos minutos muy de vez en cuando para revivir el espejismo de sentirme importante.

Mientras escribo estas líneas debo pelear por mantenerme a flote, por no verme arrastrada de nuevo a mi rinconcito insignificante. Hay tantos personajes que reclaman atención… Los de las historias ya escritas y los que acaban de llegar. Son como extranjeros que aterrizan en un país del que apenas conocen lo básico. Acaban de bajar del avión y tratan de hacerse con la nueva situación. Los veteranos los miramos por encima del hombro, pero en realidad no estamos más que autoengañándonos, porque muy pronto se convertirán en los verdaderos y únicos protagonistas.

De todas formas, no debería quejarme. Al fin y al cabo mi historia tiene principio y final. Soy la coprotagonista de una novela preciosa (qué voy a decir yo) en la que, aunque (insisto) debería tener más presencia, aparecen otros muchos personajes en los que el autor ya apenas repara. Pobres. No es justo, porque todos ellos cumplieron con su papel con irreprochable profesionalidad.

Sin embargo, hay personajes de los que aún me compadezco más. Me los encuentro en mis paseos a través de las conexiones neuronales totalmente perdidos, desconcertados, incapaces de encontrar explicación al abandono al que han sido condenados.

Se trata de los personajes de una historia inconclusa. Yo les doy palmaditas en el hombro y les digo que no se preocupen, que ya verán cómo cuando menos se lo esperen, recuperarán el protagonismo perdido. Debe ser muy duro pasar del “estrellato” al abandono. Menos mal que no es mi caso. Con lo que sufrí yo el abandono (no el literario) y lo que me costó recuperar la confianza en mí misma…

Alberto, Rosa y María… En verdad, es normal que su historia guste. Tiene los ingredientes necesarios para enganchar. Yo me identifico con ambas mujeres. María me recuerda a mí misma cuando andaba tan perdida, cuando el mundo me parecía un escenario tan inmenso que me veía incapaz de subirme a él. Ninguna madre debería pasar por una experiencia tan terrible… Y Rosa… Rosa es un torbellino, es el espejo en el que deberían mirarse todas las mujeres. Me gustaría creer que he alcanzado un grado de autoconfianza como el de ella, ese punto de seguridad en una misma que te permite superar cualquier adversidad.

Yo hablo mucho de ello, digo mucho eso de que “lo más importante es quererse a una misma”, pero no es tan fácil. Sobre todo cuando la vida se empeña en golpearte con saña, en cruzar en tu camino pruebas casi insuperables y auténticos cafres que por el bien de la humanidad nunca deberían haber existido.

Bueno, ya he cubierto mi espacio por hoy. Espero lograr hacerme hueco mucho antes que desde la última vez. Prometo hacerme muy pesada para ocupar los pensamientos de Benjamín.

Mientras tanto, lo que podéis hacer es leer Con la vida a cuestas. Os gustará.

Inconformismo

Mafalda inconformista

Me gustan las personas que no se conforman. Que pese a las circunstancias, por muy chungas que sean, se defienden con uñas y dientes, y no se detienen por muchos dientes y uñas (se) les rompan.

No es fácil. No lo es.

El inconformismo está muy penalizado, sobre todo cuando la inconformista es una persona de las de abajo, de las anónimas que no pasan de ser un número más en las estadísticas. Porque el camino lo va a tener que recorrer en solitario, sin recibir la complicidad ni las palmaditas en la espalda de nadie.

Pero aún más difícil que ponerte en marcha es darte cuenta de que no te conformas y tomar la decisión de que vas a luchar para cambiar las cosas.

A mí fue lo que más me costó. Y hasta que no me di cuenta de que el suelo se había abierto bajo mis pies y que me encontraba en plena caída libre hacia los infiernos, no reaccioné.

Ahora miro hacia atrás y me cuesta horrores reconocerme en aquella mujer. Me produce lástima, pero también me cabrea. ¿Cómo podía ser tan pánfila? ¿Por qué aguanté tanto? ¿Qué sentido tenía aquella vida en la que mi personalidad estaba anulada por completo?

Era como si me hubiera encerrado en una caja aislada del entorno, donde no había intercambio posible de ideas ni de sensaciones. Y cuando la caja se abrió y me encontré abandonada en un mundo con el que llevaba tanto tiempo sin interactuar, me sentí superada, más desamparada e impotente que nunca.

En esas circunstancias la tentación de caer en la autocompasión es muy grande; lo verdaderamente difícil es asumir la situación. Pero lo hice. Supongo que una chispa de la mujer guerrera y vital que soy se mantenía latente muy en el fondo, y no se sabe cómo, consiguió prender.

Benjamín cuenta mi historia en esa estupenda novela que es Con la vida a cuestas. Para mi gusto debería haberme dedicado más atención, pero ya he dicho que me gusta la gente que no se conforma, y resulta que en el libro tenía que compartir espacio con varios ejemplos admirables de inconformismo.

He pensado largamente sobre el tema, y he llegado a la conclusión de que el inconformismo puede ser una actitud ante la vida, que tiene que ver con la forma de ser y con la ideología, pero que también se puede llegar a él a través del instinto de supervivencia.

¿Cómo si no se puede entender el terrible viaje vital que lleva a cabo Edurne, esa anciana enigmática y sabia, “la bruja”, que un día en el que cualquiera habría deseado morir se encuentra con que a partir de entonces sólo conocerá el rechazo en su existencia? O Irina. ¿De dónde saca las fuerzas para imponerse a ese destino de pesadilla con el que había quedado marcada desde su nacimiento? También el viaje de Alberto hay que entenderlo a partir del instinto de supervivencia, porque no imagino un drama peor que la pérdida de un hijo. ¿De dónde saca uno la energía para seguir adelante?

Luego está el caso de Rosa. Debo reconocer que la envidio. Ojalá yo hubiera sido capaz de mantenerme siempre tan fiel a mi forma de ser. No es fácil ser coherente ni consecuente. Sin embargo, ésa es la mejor garantía de conservar la dignidad intacta. Esa dignidad que nos mantiene la cabeza siempre alta.

La verdad es que cuando pienso en ello me doy cuenta de que hasta que no empecé a exorcizar mis penas, mis iras y mis odios; hasta que no desnudé mi alma públicamente, a través de este espacio virtual, no empecé a descubrir a la verdadera Lorena, la que mi cobardía se había empeñado en anular.

Rosa es inconformista por naturaleza. Ella le marca el camino a la vida, y no al revés. Y ésa, ahora lo sé, es sin duda la mejor manera de vivir.

Nunca es tarde para dejar de conformarnos.

El inspector García

Nueva novela Benjamín Recacha

El inspector García protagoniza la nueva novela de Benjamín Recacha.

Hola. Me llamo Jesús García. Soy inspector de policía, de homicidios. Si han leído Con la vida a cuestas, la segunda novela de Benjamín, ya me conocen. Si no lo han hecho, les diré que soy un poli algo peculiar. Para empezar, no es que esté convencido, sino que sé que mi misión en la vida responde a los designios del Señor.

¿Y esas caras? Las explicaciones se las piden ustedes al escritor. Yo no soy más que un personaje literario. No elegí mi vida, pero les aseguro que represento mi papel con absoluto convencimiento. Cuando uno es elegido por Dios para cumplir la misión que le tiene reservada, no queda más opción que aceptar la responsabilidad.

Muchos dicen que soy un iluminado, pero no lo creo. Cumplir con lo que la vida tiene reservado para cada persona no es cuestión de iluminación, sino de humildad. Quizás si pusiéramos más atención a lo que nos dice el corazón, escucharíamos el mensaje del Señor y el mundo sería un lugar más agradable. Hay demasiada gente perdida dando tumbos por ahí, y muchos escogen el camino equivocado.

Benjamín me ha pedido que les hable de la novela que está escribiendo, en la que soy el protagonista. Los lectores de Con la vida a cuestas ya tuvieron la oportunidad de conocer algo de mi pasado, de cuando trabajaba en Madrid resolviendo casos horribles… Esa experiencia hizo que me diera cuenta de que la maldad existe y que por mucho afán que uno ponga en retirar de la calle a los sirvientes del Mal, siempre hay más dispuestos a tomar el relevo.

El Señor puso a examen mi fe y mi lealtad con pruebas muy difíciles de asumir, y eso me llevó a pedir el traslado a León, un destino a priori más tranquilo. Pero lo que leerán ustedes en la nueva novela, que el autor pretende tener lista durante este año, sucede en Madrid, a finales de los años 90.

Es evidente que sobreviví, al menos biológicamente, pero tuve que hacer renuncias importantes. Sin embargo, ¿qué son las pretensiones individuales, el bienestar egoísta de un solo ser, en comparación con un propósito mayor, como es servir al bien común?

No soy un fanático. Mi relación con el Señor es íntima, basada en la confianza y la lealtad mutuas. No creo en iglesias ni religiones, pero sí creo en las personas…, aunque tras tantos años sirviendo, reconozco que mi fe en el ser humano ha tambaleado en no pocas ocasiones. Nunca olvidaré al maldito asesino de la araña… Suerte que Dios me concedió el regalo de ser padre de Inés. Me pregunto por qué la hizo tan diferente a mí: brillante, descarada, escéptica, tan punzante como cariñosa, tan vital…, tan atea. Todo un reto para un hombre de convicciones firmes.

No les voy a adelantar nada más. Únicamente les diré que Benjamín sigue emborronando páginas y más páginas, y que parece que vuelve a coger ritmo después de un mes poco productivo.

Y una última cosa: si quieren conocerme mejor, quizás les apetezca leer Con la vida a cuestas, una novela sobre la vida, sobre gente que sobrevive y quiere vivir, y en la que pasan muchas cosas. Creo que les gustará.

Vayan con Dios.

Más que un recuerdo

Obra de Fran Recacha

Cuadro de Fran Recacha que ilustra la cubierta de ‘Con la vida a cuestas’.

El primer día del año es un buen momento para volver a aparecer por aquí. Hace demasiado tiempo que no escribo en este paseo por la vida, así que seguramente habíais creído que lo había abandonado. Pero no. Llevaba tiempo pensando en regresar, pero como soy un personaje literario dependo de mi creador para teclear, y resulta que él está bastante ocupado con proyectos diversos que no le dejan tiempo para dedicar a esta humilde luchadora.

Benjamín ya está en pleno proceso de escritura de su siguiente novela, y, como me temía, una vez que su cerebro se ha llenado de nuevas tramas y personajes, nosotros, los que lo acompañamos durante tantos meses, hemos quedado relegados a un rincón de la memoria.

Sin embargo, yo no me resigno a convertirme en un simple recuerdo, y aquí me tenéis, empujándole a rescatarme, a darme voz de nuevo.

Los personajes de Con la vida a cuestas somos demasiado jóvenes aún como para que nos olviden. Tenemos muchas cosas que explicar y nos encantaría que hubiera mucha gente interesada en conocer nuestra historia. Os voy a revelar un secreto: sueño con convertirme en uno de esos personajes inmortales, como los de esas novelas que por muchos años que pasen, el tiempo no pasa para ellas.

Lo sé. Sé que es un sueño muy fantasioso, pero qué gracia tendría la vida si no la llenáramos de fantasía, de sueños por cumplir, de retos que afrontar.

Si habéis seguido algo de mi trayectoria, o si habéis leído mi historia, ya sabéis que la resignación la desterré hace tiempo de mi vida. Un 1 de enero es un buen día para abandonar lo que nos impide crecer como personas, para mirar hacia delante con optimismo o, al menos, con la resolución de no permitir que nadie dirija nuestra vida.

Es curioso que el personaje de un libro pueda plantearse algo así, ¿verdad? Entenderéis entonces lo curioso que resulta para mí que tantas personas de carne y hueso hayan renunciado a vivir, que se dejen llevar y anden inmersas en un bucle de realidad gris que les impide levantar la vista y plantearse que lo más importante que existe son ellas mismas.

Pero bueno, no quiero que penséis que soy otra gurú con recetas mágicas, ni que me cojáis manía como a esas frases sentenciosas ilustradas con bonitas fotos de paisajes y seres requetefelices. Nada más lejos de mi pretensión que parecerme a Paulo Coelho.

Sólo quería pasarme por aquí a saludar y a comunicaros que mi propósito para el nuevo año es aparecer más a menudo. Intentaré convencer a algunos de los otros personajes para que también lo hagan.

¡Feliz 2016!